8:06. Suena el despertador. Me cuelgo la cámara por el cuello y salgo de la cama. Abro el armario, todavía medio vacío, se nota que todavía es principio de curso. Me visto, y me dirigo a la cocina, pero me cruzo con mi compañera de piso, que se está preparando para ir a prácticas. En la cocina todo está como la noche anterior, recogido, nada está fuera de su sitio, sólo la cucharilla que usé para comer un yogur ayer por la noche. La nevera está llena, llenísima, después de la gran compra de ayer. Saco mi yogur natural y la vuelvo a cerrar. Cuando ya he comido dos cucharadas, aparece una de mis compañeras de piso haciendo un esfuerzo por abrir los ojos. Coge un vaso de leche y se lo bebe de trago. Vuelvo a estar sola en la cocina. Termino de desayunar y me dirigo al baño; no está tan ordenado como la cocina, me cuesta coger mi peine entre todas las cosas que tenemos en las estanterías. La compañera que comparte conmigo el baño viene a lavarse los dientes, así que tenemos que movernos un poco para poder entrar las dos con comodidad. Yo también me dispongo a cepillarme los dientes. Termino y voy a coger el bolso y el jersey. Mi compañera de piso (y clase) y yo salimos de casa, y como siempre nos cruzamos con nuestro vecino del segundo, que viene de comprar el periódico. De camino a la universidad no hacemos nada especial; todos los días nos cruzamos con unas amigas, por hoy no tenemos esa suerte. Las que sí vemos son unas compañeras de clase que siempre van unos pasos por delante. La chica que reparte papelitos de Meca Rapid está en el sitio de siempre, hoy tampoco falla. Y por muy triste que sea, la papelera más cercana también sigue como siempre, lleno de esos papeles.
Llegamos a fcom, corriendo, como siempre últimamente. Tenemos que sortear a todas las personas que están terminando su cigarro ahí fuera, y pasamos dentro del edificio. Los bedeles están sentados en sus sitios, y nos saludan. Nosotras nos dirigimos al aula 12, a clase de Géneros Periodísticos Informativos. El profesor nos saluda, cierra la puerta y se sienta. Nos habla sobre los tipos de entrevista durante 45 minutos, y cuando nos vuelve a abrir la puerta, salgo corriendo para ir al aula de al lado a ver a una amiga. La siguiente clase no es muy diferente. Luego nos pasamos a la 13 para hablar del postfranquismo. Todavía me sigue sorprendiendo lo separados que nos ponemos en clase. El profesor no para de moverse delante de la pizarra. Habla del tema con entusiasmo. Termina la clase, y antes de las 12:00 ya estoy en el central con dos compañeras. Vamos a las oficinas generales, pero antes de llegar nos encontramos con un grupo muy numeroso de gente, quién sabe haciendo qué, así que nos fijamos un poco. Seguimos sin saber si esperan a algo, o qué. Vamos a las oficinas generales, y nos toca esperar la cola. Llega nuestro turno. Una señora muy amable nos atiende, y después de algunos problemas, conseguimos lo que queríamos: cambiarnos de optativa. Vamos a la biblioteca universitaria, bastante vacía a estas horas, y cogemos unos libros que nos hacen falta. Volvemos a clase. Primera clase de la nueva optativa: moda. Cuando termina la clase, volvemos a casa, parando en cada una de las sobras que producen los árboles del campus.
Sobre las 2 estamos en casa, y nuestras compañeras de piso nos esperan con un buen plato de vainas encima de la mesa. No nos quejamos en absoluto. Comemos, todas en el mismo sitio en el que comimos el primer día, ya es una costumbre. Otra cosa que no cambia es que siempre hay un buen plato de tomate de primero. Comemos las vainas, luego merluza, recién sacada del horno, con una pinta excelente.
Cuando terminamos de recoger todo, vamos corriendo al salón. La primera en llegar enciende la televisión para ver Friends, algo que se ha convertido en habitual. Nos sentamos en los sofás, 2 en uno y 2 en otro, en los lugares de siempre. Nos acordamos de las tortugas: no han comido todavía. Leonardo (el pequeño) se encuentra encima de Donatello (el grande) e intentan escapar, pero no pueden. Quizá se conforman con la comida. Luego ya nos ponemos a ver la televisión.
Cuando abro los ojos estoy sola. En la TV ya no aparecen los personajes de Friends, sino que sale un grupo de gente gritando por algo del presidente de la comunidad. Miro al reloj: son las cinco menos cuarto. Me levanto y voy hacia mi habitación. Al pasar, veo que mi compañera de piso se ha quedado dormida encima de la cama. Me río y la despierto sin querer. Viene a mi habitación para hacerme compañía. La cama sigue sin hacer, así que estiro un poco las sábanas para que se pueda sentar. Abro todos los armarios y meto unas pocas cosas en mi maleta roja. Cuando termino, queda medio vacía. Se nota que todavía no tengo que llevar ni botas ni cazadoras.>
Cierro la maleta, me despido de mi compañera y bajo hasta la parada del bus. Sólo me cruzo con tres chicas que van a clase con las carpetas debajo del brazo. Cojo la cuatro, me pongo al lado de una chica que va con su hijo en la silla. Me alegra el viaje de autobús, me encantan los niños, y que el niño que tengo al lado sea tan simpático es algo que hace sonreír. Llego a mi parada y un señor me hace sitio para que pueda bajarme del autobús. Bajo y voy corriendo a la estación de autobuses. Paso mucha envidia por la gente que toma el sol o pasea por la ciudadela, a mi me toca estar metida hora y media en la Roncalesa. Bajo las escaleras mecánicas y me pongo a la cola. Sólo hay dos personas delante de mí, así que no tengo que esperar mucho. Me atiende un chico joven, de unos treinta años, y me da el billete número 10. Todavía son las 6, así que tengo un cuarto de hora antes de coger mi bus. Aprovecho para comprarme un twist, me apetece algo de chocolate. Luego paso por la tienda de revistas y pienso en comprarme la Cosmopólitan, pero me doy cuenta de que este mes ya me lo he comprado, así que me decido por la Cuore, para que el viaje en bus se haga más ameno.
A las 18:15 la Roncalesa ya está saliendo de la estación de autobuses. Sube la cuesta y dejamos de estar bajo tierra. Se nota, la luz del sol hace que tenga que cerrar un poco los ojos. Salimos de Pamplona, y llegamos a Irurzun. Alrededor de 5 pasajeras bajan, pero no les presto atención, prefiero fijarme en la señora que va por la acera con sus zapatillas de casa rosas. Seguimos nuestro trayecto, y nada llama mi atención hasta llegar a Lecumberri. A partir de ahí los paisajes son increíbles, así que dejo de leer la revista que tengo en la mano y me pongo a disfrutar de los alrededores. En Betelu la calle está como siempre, vacía. Un par de jóvenes toman algo en el único bar del pueblo, pero aparte de eso, no se ve a nadie. En Lizarza sí que hay gente; desde el autobús se puede ver que unos niños están jugando al fútbol en el patio del colegio.Ya han terminado las clases por hoy, pero se han quedado jugando. Ya llegamos a Tolosa. Mientras llegamos a mi parada, me dedico a observar a la gente que pasea por las calles. Paso por la ikastola en la que he estudiado; no puedo ver nada, el edificio nuevo que han construido no deja ver lo que sucede en el resto del patio. Luego paso por delante de un bar en el que suelo cenar a menudo; mi primo y sus amigos están ahí, ya son fijos en el bar.
Llego a mi parada y, después de dar las gracias a la conductora, bajo del autobús y espero a que me abran el maletero. La maleta está en el fondo, así que me tengo que meter dentro para poder cogerla. Encima tiene otra maleta, pero es de una chica de Tolosa, así que también lo cojo para dárselo a ella. Me dirijo a casa. Antes de llegar me cruzo con mucha gente: unas niñas que han estado conmigo de campamento, una chica con la que últimamente coincido en todos los sitios y una de mis mejores amigas con su novio.
Cuando llego a casa me recibe mi padre, que está poniendo una lámpara nueva en su habitación. Me pide ayuda, y cuando mi madre llega de trabajar, se encuentra con nosotros dos subidos en una escalera. Cuando ponemos la lámpara, mi madre se acerca al interruptor y enciende la luz. Se encienden 2 bombillas. Apaga y vuelve a encenderla: 3 bombillas. Vuelve a hacer lo mismo y esta vez se encienden cinco. Ya se le ve contenta. Le gusta salsear con esas cosas. Con esa felicidad que ahora mismo le caracteriza, se va a la cocina a preparar algo para cenar, pero no llega hasta ahí: cuando llega a la entrada, pega un grito para que quite la maleta de ahí. Razón no le falta: la he dejado en el medio de la entrada. La quito, la llevo al estudio, la abro encima de la cama y la deshago. Cuando termino,voy a la cocina; me apetece mirar a la gente que pasa por debajo de mi casa, así que salgo al balcón. La plaza de toros está radiante, preciosa, como siempre. A estas horas ya la gente está cenando, así que no pasa mucha gente. En la marquesina del bus hay dos señoras con la bolsa de la compra llena de cosas, pero solo puedo llegar a distinguir unos puerros.
Después de cenar voy al salón. Mi madre está casi dormida, tapada con mi manta de flores sólo hasta la cintura. Tengo que moverle los pies para poder sentarme en el sofá. En la TV no hay nada interesante, así que me dedico a pintarme las uñas, quedan preciosas, negras con flores azules, verdes y rosas. Cuando empieza El Barco, me quedo quieta para ver el capítulo entero. Al final tengo que hacer un esfuerzo para no quedarme dormida, estoy muy cansada. Hacia las 0:00 me voy a la cama, cási tropezandome con la larga alfombra roja del pasillo, y después de quitar las cosas que tengo encima de mi cama, me voy a la cama.
Antes de cerrar los ojos del todo, me descuelgo la cámara. Buenas noches.
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